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DE REFLEXION 556EL MENDIGO DEL VIOLIN

En su forma de vestir, aquel hombre reflejaba la derrota; y en su forma de actuar, la total mediocridad. Sentado en una céntrica calle de París, este hombre sucio, maloliente, de pésimo aspecto, tocaba un viejo violín con notas totalmente discordantes.

Frente a él tenía su boina sobre el suelo, con la esperanza de que uno que otro transeúnte se apiadara de su lamentable condición y le arrojara algunas monedas para poder llevar algo a casa. Sin embargo, por más que el hombre intentaba sacar una melodía, parecía punto menos que imposible identificar algo por la desafinación extrema del viejo instrumento, sumado al desinterés que denotaba cuando tocaba el violín.

Pero ese día, un famoso concertista salió junto con su esposa y un grupo de amigos de un teatro del lugar y pasó frente a quien todos consideraron como un mendigo musical, arrugando la cara al escuchar los discordantes sonidos de su violín y no haciendo otra cosa más que sonreír discretamente.

La esposa del concertista, que era una mujer en realidad de buen corazón, le pidió a su esposo que tomará el viejo violín y tratara de tocar algo. El hombre primero frunció el entrecejo ante tal petición, pero al echar una mirada a la boina frente al mendigo con solo dos monedas en su interior, decidió tratar de hacer algo por él. Así que le pidió amablemente que le prestara el violín y aunque con cierto recelo, pero el mendigo musical lo puso en sus manos, iniciando el concertista con dar una buena afinada a las cuerdas para tratar de hilar alguna melodía.

Después tomó el instrumento con toda elegancia y vigorosamente arrancó una hermosa melodía en el viejo y acabado instrumento, ante los aplausos de su esposa y grupo de amigos, empezando a arremolinarse varios transeúntes en el improvisado espectáculo.

El hombre siguió tocando con maestría y más gente se fue acercando, incluso algunos que también salían del teatro y que conocían al famoso concertista, de tal suerte que en pocos minutos ya había una pequeña multitud que escuchaba arrobada el extraño concierto; y como consecuencia, la boina se fue llenando de monedas y billetes de todas denominaciones, mientras el maestro seguía tocando una melodía tras otra, concentrado al máximo en sacar lo mejor de aquel viejo violín.

Por supuesto que el desharrapado mendigo sonreía feliz ante lo que ocurría y daba saltos de contento, empezando luego a decir lleno de orgullo a todos los presentes: Ese es mi violín, les juro que es mi violín!!! Y efectivamente, por supuesto que su dicho era rigurosamente cierto, pues se trataba de su violín aunque en manos de un virtuoso, que con gran maestría casi lo hacía habla.

De forma similar es la vida de todos y cada uno en este planeta llamado tierra, es como si a todos se nos diera un violín pero en forma de conocimientos, de habilidades y actitudes, con la absoluta libertad de hacer con lo que tenemos lo que nos plazca, de tocar “ese violín” como se nos dé la gana.

Se dice que Dios nos concedió el libre albedrío, esa facultad de decidir lo que haremos con nuestra vida, por nosotros mismos y sin ser presionados por nadie más. Un formidable y maravilloso derecho, pero también una responsabilidad igual de formidable y maravillosa.

Depende pues de nosotros lo que haremos con el violín que se nos ha dado, pues hay algunos que ni siquiera intentan afinarlo y van por la vida con la misma displicencia y desafinación del mendigo musical, sin alcanzar a percibir que en el mundo actual se trata de prepararse cada día, de aprender, desarrollar habilidades y mejorar constantemente nuestras actitudes para poder ejecutar un buen concierto, si no con total maestría, al menos sí con cierta afinación y concordancia entre una y otra nota que agrade al oído.

Y es que resulta imposible que nuestra boina se vaya llenando de dinero, si lo que entregamos a cambio es una discordante melodía que no le gusta absolutamente a nadie. Esa gente es la que hace su trabajo “al a’i se va”, creyendo en su interior que la humanidad tiene la obligación de retribuirle su pésima ejecución para cubrir sus necesidades en la vida.

Esa gente piensa solamente en sus derechos dentro de la sociedad, pero no corresponde ni siente ninguna obligación de ganarse esos derechos; y la verdad, por dura y cruel que parezca, es otra totalmente diferente, pues usted, yo y cualquier persona, tarde o temprano aprenderemos que los mejores lugares en el planeta son para aquellos que no solo afinan bien su violín, sino que además, con el tiempo van aprendiendo a tocarlo con maestría.

De ahí que debemos siempre estar dispuestos a hacer cada vez mejor nuestro trabajo diario, con diligencia y maestría, sea cual sea el trabajo que hagamos, para ir haciendo realidad nuestras aspiraciones y seguirnos preparando para ser capaces de hacer otras cosas que nos gustaría a lo largo de la vida.

Hay millones de ejemplos en la historia, sobre gente que aun con carencias y dificultades se esforzó día a día hasta llegar a ser un gran concertista con ese violín llamado vida; pero igualmente hay muchos casos de gente a los que la vida les dio todas las oportunidades y aun así tomaron el camino de seguir los pasos del mendigo musical.

Dios nos hizo a su imagen y semejanza, pero también nos concedió el libre albedrío, así que tú y solo tú es quien decide hacer algo grande de tu vida o de plano quedarte en lo mediocre. Decídete a tomar las riendas de tu vida y afinar el violín lo mejor que puedas, para que no tengas que quejarte porque la gente no disfrute la pésima melodía que arranques de sus cuerdas.

Ten presente que nos guste o no, la prosperidad en todos los sentidos, nos llegará en la medida que afinemos ese violín y aprendamos a sacar de él las mejores melodías, haciendo las cosas de corazón, de hecho y no solo de palabra… de lo contrario, terminaremos nuestro paso por esta vida como el mendigo del violín…

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