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DE REFLEXION 569PERMANECER EN LA CIMA

En compañía de dos fuertes y experimentados guías, un joven e inexperto alpinista se lanzó en su primer intento por escalar los Alpes Suizos. Sabía que le esperaban muchos riesgos y una gran faena por delante, pero se sentía un tanto seguro con un buen guía yendo delante de él y otro detrás para aconsejarlo y prestarle ayuda de ser necesario.
Así empezó aquel frío día preparando el equipaje y los arneses para emprender uno de sus anhelados sueños: escalar los Alpes suizos. Fue una dura jornada escalando por varias horas la montaña cubierta de nieve, y aunque tuvieron algunos contratiempos típicos del alpinismo, el joven logró seguir adelante gracias a las instrucciones de los expertos que no descuidaban el mínimo detalle.
Completamente exhaustos y sin aliento, llegaron a unas rocas que sobresalían entre la nieve a pocos metros antes de llegar a la cima, donde se detuvieron unos minutos para reponer energías. El guía que iba al frente se hizo a un lado para dejar que el joven alpinista pudiera apreciar el paisaje que por primera vez tenía ante sus ojos.
Era una maravillosa vista panorámica de grandes picos cubiertos de nieve, que destacaban en todo su esplendor gracias al brillante y despejado día que Dios les había preparado para su escalada. No había ni una sola nube y el sol lucía radiante reflejando sus rayos en cada pico de la montaña.
Disfrutaron por unos minutos de la grandiosa vista alrededor, que se perdía en una misteriosa pero hermosa mezcla de clores en el horizonte que parecía ser infinito; y una vez recuperado el pulso normal y respirando como nuevos, se aventaron en el último tramo para llegar arriba.
Aferrándose a las pocas rocas que sobresalían en los paredones, el joven fue siguiendo las instrucciones al pie de la letra, hasta que finalmente dio un último salto que lo llevó hasta la cima. El guía que iba adelante, lo tomó rápidamente y fue tirando suavemente de él hasta posarlo en una reducida explanada que era la cima de la majestuosa montaña.
Sin embargo, cuando se está en la cima, a menudo es ahí donde se sienten las corrientes de aire y es donde repentinamente soplan vientos tan fuertes que pueden hacer caer al abismo a cualquiera que tome desprevenido, cosa que obviamente nuestro novel alpinista desconocía, por lo que tras una leve trastabillada escuchó la orden firme y fuerte de su guía que le advertía del peligro: ¡Arrodíllate!! ¡Acá arriba en la cima, la única forma de estar seguro es ponerse de rodillas!!.
¡Dios mío!! Exclamó el joven tras ponerse de rodillas, me he sentido tan seguro durante todo el trayecto a la cima, gracias a mis dos guías que en ningún momento me dejaron de la mano, pero jamás me detuve a pensar que la seguridad para permanecer en la cima es arrodillándose como siempre lo hago cuando cada día que te agradezco por un nuevo amanecer y por permitirme el descanso nocturno al final del día.
En ese momento, en una sola lección de alpinismo traducida en ¡arrodíllate!! Descubrió el joven que aún y cuando se había preparado mucho tiempo para estar en condiciones de escalar aquella peligrosa pero maravillosa montaña, tenía todavía mucho por delante que aprender.
Y es que se dice que “lo que tú eres, es el regalo que Dios te dio, pero lo que hagas de ti mismo, será tu regalo para Dios”. Así que ¡arrodíllate!! Agradece a Dios por tu regalo y a lo largo de tu vida ve preparando lo que será tu regalo.
La vida está saturada de todo tipo de tentaciones que atentan contra los principios de Dios y que nos resulta francamente difícil no ceder a estas tentaciones que nos dan una aparente felicidad y nos generan sentimientos de grandeza, por lo que vamos por la vida cometiendo error tras error, lo cual no es en sí mismo una falta de principios o una imperdonable inmoralidad, sino que el mayor de los peligros en ello, es no aprender de esos errores y seguir tropezando con la misma piedra.
“No te preocupes por lo que no entiendes de las instrucciones para la vida que Dios nos da a través de la Biblia, preocúpate por lo que sí entiendes pero aun así no lo pones en práctica”. De ti depende tropezar una y otra vez con la misma piedra, tú y solo tú eres responsable de tus actos y de poner o no poner en práctica las enseñanzas e instrucciones que Dios te da. Tú sabes si te arrodillas para mantenerte en la cima con seguridad, o si obedeces a tu “ego interno” y permaneces de pie con la esperanza de estar más arriba y ver todavía “más allá”.
Estamos en la víspera de celebrar otra Semana Santa en recuerdo de la venida de Jesucristo a la tierra, donde el hombre le crucificó y él resucitó para regresar con el Padre a los cielos, siendo una ocasión por demás propicia para la oración y la reflexión, para dedicar al menos unos momentos de cada día de Semana Santa a pedir perdón por las tentaciones en que hemos caído y agradecer por los errores que nos han hecho retomar el buen camino.
Les deseamos a todos lo mejor en estas vacaciones de Semana Santa, que la pasen bien relajados, en descanso, recargando las pilas para seguirle en lo que nos resta de vida y de perdida guarden una feriecita para no andar pidiendo prestado al regresar de la fiesta.
Es cosa de cada quien si toma este período de asueto para viajar, irse a la playa o a cualquier lugar de recreo donde dejarse llevar por los placeres mundanos; o si aun viajando fuera del lugar donde reside, le dedica aunque sea unos minutos de calidad a su familia, a sus padres, su pareja, sus hijos, y juntos se arrodillan por unos instantes para dar gracias a Dios por la vida, por un año más, por los logros obtenidos, por las bendiciones recibidas aun sin haberlas pedido, por la sabiduría y conocimiento para llegar a la cima, pero sobre todo, por la grandeza de saber arrodillarse para permanecer en la cima.

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