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DE REFLEXION 546El Parque Yellowstone es el primer parque nacional de Estados Unidos, que comprende parte de los estados de Wyoming, Montana e Idaho. En él se albergan una gran variedad de animales salvajes como osos pardos, lobos, bisontes y alces; también se preserva el Gran Cañón de Yellowstone, el Old Faithful (Viejo fiel) y la colección de geiseres y fuentes termales más impresionante del mundo.

En este lugar se pueden contemplar hermosos paisajes, de esos que antaño veíamos en las “tarjetas postales”, quedando de manifiesto su gran belleza silvestre, que se puede apreciar también en los centros de visitantes del lugar, museos, etc., siendo ya muchos de sus lugares, escenografía para diversas películas. En su interior no se permite la cacería ni las armas de fuego, pues el objetivo es preservar los ecosistemas y el medio ambiente, pero se puede acampar por varios días y noches, practicar senderismo y muchas otras actividades, con los permisos y la supervisión correspondiente del personal que salvaguarda el parque.

Pues bien, años atrás, se presentó un incendio forestal en este grandioso Parque Nacional de Yellowston y aunque no fue precisamente de grandes dimensiones, sí causó algunos daños a la ecología de un mínimo sector del parque, por lo que luego de controlar el incendio, los guardabosques iniciaron una larga jornada montaña arriba para valorar los daños del incendio.

Durante el “recuento de los daños” uno de los guardabosques se encontró con un pájaro petrificado en cenizas, así, literalmente petrificado y posado cual si fuera estatua pegado a la base de un árbol. Asombrado por el espeluznante espectáculo, el guardabosques tomó una vara y dio pequeños golpecitos al pájaro, para que instantes después, tres diminutos polluelos lograran escabullirse bajo las alas petrificadas.

Un artículo en “National Geographic” mostraría después la impactante fotografía de lo que llamaron “las Alas de Dios”, que resultaron ser las alas petrificadas de una madre amorosa, que en su afán de impedir “la tragedia familiar” ante el incendio forestal, había agarrado a sus pequeños polluelos que no podían todavía valerse por sí mismos y los llevó a la base del árbol tratando de protegerlos de lo que instintivamente sabía que pasaría al ascender el humo tóxico del incendio, reforzando la seguridad de los polluelos al acurrucarlos bajo sus alas que extendió lo más que pudo,

El ave madre bien pudo haber volado para ponerse a salvo en un lugar seguro, lejos de las llamas y el tóxico humo, pero en su “maternal instinto” se negó a abandonar a sus bebés, de tal suerte que cuando el ambiente se fue poniendo más tóxico y se fue calentando, quemaron su pequeño cuerpo emplumado, sin que ello la hiciera flaquear y permaneció firme con sus alas abiertas buscando proteger a sus bebés de lo que sería una muerte segura.

Aún y cuando eran prácticamente nulas las posibilidades de que los polluelos pudieran resistir solamente cubiertos por las alas de su madre, ella había tomado la decisión de morir antes que abandonar a sus bebés para ponerse ella a salvo.

Hermosa y verídica historia de tantas que sin duda se hayan protagonizado en el silvestre ambiente al interior del colosal Parque Nacional Yellowstone, pero que en lo particular refleja el inmenso amor de una madre hacia sus hijos, dispuesta a dar hasta la vida por ellos y que en este caso, por increíble que parezca, les permitió vivir a esos tres polluelos gracias a lo que National Geographic, llamó “Las Alas de Dios”.

Si de tal magnitud es el desmedido amor de un ave por sus polluelos, cuán grande será el amor de una mujer madre por sus hijos, que en muchos casos aunque no sean muy expresivas que digamos para hacer sentir a sus retoños de lo que serían capaces por ellos, ni duda quepa que en un momento dado, estarían dispuestas, al igual que el ave, a dar la vida para que sus hijos sigan de pie, como lo señala la Biblia “Con sus plumas te cubrirá y debajo de sus alas estarás seguro; Ser amado de esta manera debería marcar una diferencia en tu vida”. (Salmo 91:4).

Estamos en fechas de celebración del día de las madres, cuando la mayoría de las familias se reúnen en torno a las madres, abuelas y bisabuelas, para reconocerlas, festejarlas y llenarlas de flores y regalos de todo tipo, sin importar la cuantía de ellos, pues lo importante para una madre, no es tanto el valor material de los regalos, sino el acto de los hijos, nietos y bisnietos, de hacerlas sentir bien y reconocerles su incalculable valor dentro de la familia.

Hagan pues felices a sus respectivas mamás este diez de mayo, convivan, reuniéndose y olvidando las diferencias naturales entre miembros de la familia y dejando de lado algún mal rato que le hayan hecho sentir o que usted mismo haya ocasionado alguien del árbol genealógico.

Igualmente podrían hacerlo cualquier día, sin esperar hasta el próximo año para hacerles sentir su cariño, su reconocimiento y sobre todo su amor, pues la vida nadie la tenemos comprada y hoy, mañana o cualquier día podríamos amanecer en la radio “con profunda pena”, sin habernos dado el tiempo para compartir, para agradecer y hacer feliz a la madre que nos dio la vida.

Y si usted, como yo, no cuenta ya con la dicha de tener a su madre en este mundo, eleve una oración al cielo en su honor, platique con ella en silencio y recuérdela como aquella vez cuando le regañó o le llamó la atención por lo que ella consideraba no estaba bien, pero también cuando le cuidó, cuando estuvo a su lado en tiempos difíciles y le entregó los mejores momentos de su vida.

Tenga usted la seguridad, que allá desde algún lugar del universo, ella lo estará viendo y estará haciendo hasta lo imposible porque usted triunfe, supere cualquier tropiezo, sea feliz y su vida mejore cada vez más, cubriéndole siempre con su manto de madre amorosa para que usted se sienta seguro y protegido… “desde el cielo, bajo sus alas”

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